La Corte Suprema de Justicia de la Nación, con la firma de sus jueces más top, desestimó el último recurso de la defensa del cura Héctor Alfredo «Cuchi» Coñuel y dejó en firme la condena de 20 años de prisión por abuso sexual contra un adolescente. Sí, 20 años. Un número que a esta altura parece poco para el daño que causó.
El caso, que sacudió a Trelew, finalmente llegó a su fin después de años de idas y vueltas. Cuchi Coñuel, que se hacía el santo en el Santuario Nuestra Señora de la Paz, fue hallado culpable de abusar de un pibe con retraso mental leve, aprovechándose de su posición de poder y confianza. El pibe, que se encontraba en una situación de extrema vulnerabilidad, fue víctima de tocamientos, acceso carnal y hasta amenazas entre 2011 y 2014.
La condena a Cuchi Coñuel no fue un regalo. Primero, en noviembre de 2021, la Oficina Judicial de Trelew le dio 20 años de prisión. La defensa, como era de esperarse, apeló. Luego, la Cámara en lo Penal de Chubut ratificó el fallo. La defensa, ni lerda ni perezosa, se fue al Superior Tribunal de Justicia de Chubut, y ellos también dijeron que sí, que 20 años estaban bien. ¿Qué le quedaba a la defensa? Obviamente, ir a la Corte Suprema.
Y la Corte, con sus señores jueces, Horacio Rosatti, Carlos Rosenkrantz y Ricardo Lorenzetti, miraron el caso y sin más vueltas, el cura se quedó sin su última carta. Un final que parecía de película, pero que en este caso, fue real.
El silencio de la Iglesia: Una mancha más al tigre
El caso de Cuchi Coñuel no es aislado. En todo el mundo, la Iglesia Católica ha sido acusada y condenada por encubrir abusos. En Argentina, el caso del sacerdote Julio César Grassi fue uno de los más mediáticos, y el escándalo de curas en Mendoza también resonó en todos lados. El silencio y la complicidad de las autoridades eclesiásticas, al igual que pasó en el caso de Cuchi Coñuel, son una cachetada a las víctimas.
El veredicto de la Corte Suprema, aunque tardío, es un mensaje de esperanza para todas las víctimas de abuso. Es una señal de que la justicia, con sus idas y vueltas, a veces le gana a la impunidad. Es una señal de que no importa si el abusador es un cura, un político, un médico o un vecino. Todos, sin excepción, tienen que pagar por sus crímenes.
