Con sangre galesa, alma de chacra y un recorrido impecable que va desde la investigación técnica hasta el asesoramiento privado, la ingeniera agrónoma y enóloga repasa el nacimiento y la explosión de la vitivinicultura en la provincia. Este fin de semana pisará la feria Tierra, Mar y Vino estrenando su rol como profesional independiente.
Hay historias que se escriben al ritmo de la tierra, y la de Belén Pugh es un retrato clarísimo de la transformación productiva de Chubut. Descendiente de los pioneros galeses que poblaron el Valle Inferior del Río Chubut (VIRCh) e hija de chacareros de toda la vida, Belén intentó esquivar el destino familiar estudiando Derecho en La Plata. Sin embargo, la vocación fue más fuerte y el llamado de la agronomía terminó ganando la pulseada.
Tras regresar a sus pagos y hacer sus primeras armas en la producción de cerezas, su carrera dio un giro decisivo cuando la vid empezó a asomar en el horizonte del valle. Durante 26 años integró las filas del INTA, transformándose en una de las caras visibles y referentes técnicas del desarrollo vitivinícola regional. Hoy, tras optar por un retiro voluntario, la profesional trelewense atraviesa una nueva etapa: se lanzó al campo independiente, donde asesora en elaboración, impulsa proyectos propios y sigue apasionada por el crecimiento del sector.
«Yo le tenía mucha fe al cultivo como un complemento de otras actividades en las chacras, pero nunca me imaginé que iba a ser la actividad principal y que, además, la provincia iba a tener todo este crecimiento, con tantas zonas hermosas donde hoy se produce vino», confiesa Belén a las puertas de su participación en la feria Tierra, Mar y Vino, el evento que reunirá a más de 40 bodegas del país.
Construir un terruño desde cero
Cuando arrancaron los primeros ensayos en el VIRCh allá por 2003, la región no contaba con tradición enológica. El gran reto del INTA era brindar alternativas para diversificar la producción local y demostrar que en tierras patagónicas era posible lograr calidad de alta gama.
El salto decisivo se dio a partir de 2011, cuando se empezó a procesar en origen y aparecieron los verdaderos audaces del valle: los hermanos Roberto y Carlos Barragán, de Bardas al Sur, quienes se animaron a plantar las primeras hectáreas en Gaiman. Ese puntapié inicial generó un contagio inmediato entre otros productores.
La sala de elaboración artesanal del INTA fue la incubadora fundamental para que esos emprendimientos dieran sus primeros pasos sin arriesgar a ciegas. Lo que comenzó como un único espacio hoy cuenta con cuatro salas y ha permitido la consolidación de unas doce marcas activas —entre ellas Finca Caballo Blanco y Punta Ninfas—, expandiendo el viñedo desde Trelew y Gaiman hasta 28 de Julio, Dolavon e impulsos incipientes en El Doradillo y Puerto Madryn.
A diferencia de los gigantescos emprendimientos cuyanos, el perfil chubutense destaca por su escala humana y artesanal. Los números del sector dan cuenta de un ecosistema en constante avance:
-
23 hectáreas en producción efectiva (35 hectáreas implantadas).
-
Más de 21.000 litros de vino elaborados por temporada.
-
Cerca de 45.000 kilos de uva cosechados en la última etapa.
ADN patagónico: acidez viva, elegancia y hallazgos
A la hora de llevar la copa a la nariz y a la boca, los vinos del valle imponen su propia identidad sin pedir permiso ni intentar parecerse a Mendoza o San Juan.
«Son vinos sumamente frutados, frescos y con gran intensidad de color por la marcada amplitud térmica. Pero también tienen una acidez viva», detalla Pugh. Y remarca: «En zonas frías predomina el ácido málico… A los blancos les otorga una elegancia soberbia, y en los tintos esa frescura es parte de su ADN. No son ni mejores ni peores: son patagónicos».
En materia de cepas, las sorpresas no se hicieron esperar:
-
Pinot Noir: Es el gran estandarte y la variedad insignia de toda la provincia.
-
Cabernet Franc: La gran revelación local. Aunque la teoría indicaba que por ser de ciclo largo no maduraría bien en clima frío, las plantas maduras están dando resultados extraordinarios con notas a fruta negra, especias y un brillo aromático único.
-
Variedades blancas: Empiezan a ganar terreno con fuerza en esta nueva etapa de plantaciones.
El reto del futuro: organización y estrategia
Mientras el consumo global de vino atraviesa caídas, en Chubut el fenómeno transita el camino inverso: la demanda crece, los vinos cosechan premios y el público busca la etiqueta patagónica con entusiasmo.
Para Belén Pugh, la clave de este éxito estuvo en la matriz social del proyecto —chacareros reconvirtiéndose con acompañamiento técnico—, pero advierte que el futuro exigirá inteligencia estratégica. Al acercarse la vitivinicultura provincial a su meseta de novedad, el gran desafío será la comunicación y la articulación entre las distintas zonas productivas (costa, valle y cordillera) para fijar objetivos comunes, ordenar la demanda y consolidar una verdadera identidad vitivinícola chubutense.
(Con información original publicada por ADNSUR)
