Desde hace años, la dueña de un kiosco mantiene la hermosa costumbre de escribir frases, poemas y reflexiones con tiza junto a un árbol. Una parada obligada que marcó a generaciones de estudiantes y vecinos, y que hoy continúa más vigente que nunca.
TRELEW.— Hay rincones urbanos que se transforman en clásicos indiscutidos por la simpleza y el amor con el que fueron creados. No figuran en las guías de turismo tradicionales, pero forman parte de la identidad y el corazón de la comunidad. Ese es el caso del emblemático pizarrón de la calle 9 de Julio, un oasis de tiza y palabras que, hoy en día, sigue deteniendo el paso de los apurados transeúntes.
La iniciativa, que nació de la constancia y calidez de la propietaria de un kiosco de la zona, consiste en algo tan noble como transformador: dejar un pizarrón apoyado contra el tronco de un árbol con frases, refranes ingeniosos o fragmentos literarios escritos a mano. Para los cientos de estudiantes que pasaban (y pasan) diariamente camino a la escuela, así como para los vecinos que van a sus trabajos, este espacio se convirtió en un refugio de lectura rápida capaz de arrancar una sonrisa, hacer pensar o despertar una profunda curiosidad en medio de la rutina.
Un semillero de lecturas
El impacto de este pizarrón va mucho más allá de una simple distracción al pasar. Para muchos, ha sido una inesperada puerta de entrada al mundo de los libros.
“Caminando por ahí es inevitable viajar en el tiempo a la época escolar. Personalmente, llegué a leerme un libro entero solo porque un día me quedé enganchado con una cita que ella había dejado escrita en la tiza”, recordó con nostalgia un vecino de la ciudad.
En tiempos donde las pantallas dominan la atención diaria, este rincón trelewense resiste como un recordatorio del poder de la palabra escrita y de la literatura compartida en la vía pública. Una genialidad silenciosa que, lejos de perderse, sigue sumando mañanas e inspirando a nuevas generaciones de lectores.
